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JURAMENTO EN EL MONTE SACRO


JURAMENTO EN EL MONTE SACRO
(Roma, 15 de agosto de 1805)
Juramento hecho por Simón Bolívar en Roma, Italia, el 15 de agosto
de 1805, a la edad de 22 años. Se encontraba Bolívar en compañía de
su maestro Don Simón Rodríguez y Fernando Rodríguez del Toro.
En este lugar, colmado de la Historia de la antigua Roma, Bolívar se
inspiró para lanzar al mundo su compromiso de liberar a la América
entera del yugo español.
JURAMENTO EN EL MONTE SACRO
Este texto del Juramento de Bolívar y Simón Rodríguez en el Monte
Sacro de Roma, el 15 de agosto de 1805, fue publicado por el colombiano doctor
Manuel Uribe Ángel, como palabras dichas a él por Rodríguez, en Quito, en
1850. El escritor Fabio Lozano y Lozano lo incluyó en su obra “El Maestro
del Libertador” (páginas 66-70). (Edición de París, 1913).
Después de la coronación de Bonaparte viajábamos Bolívar y
yo, en estrecha compañía y en íntima amistad, por gran parte del
territorio de Francia, Italia y Suiza. Unas veces íbamos a pie y otras
en diligencia.
En Roma nos detuvimos bastante tiempo. Un día, después de
haber comido, y cuando ya el sol se inclinaba al Occidente, emprendimos
paseo hacia la parte del monte Sagrado.
Aunque esos llamados montes no sean otra cosa que rebajadas
colinas, el calor era tan intenso que nos agitamos en la marcha lo
suficiente para llegar jadeantes y cubiertos de copiosa transpiración
a la parte culminante de aquel mamelón. Llegados a ella, nos sentamos
sobre un trozo de mármol blanco, resto de una columna destrozada
por el tiempo.
Yo tenía fijos mis ojos sobre la fisonomía del adolescente,
porque percibía en ella cierto aire de notable preocupación y concentrado
pensamiento.
Después de descansar un poco y con la respiración más libre,
Bolívar, con cierta solemnidad que no olvidaré jamás, se puso en pie
y como si estuviese solo, miró a todos los puntos del horizonte, y a
través de los amarillos rayos del sol poniente, paseó su mirada
escrutadora, fija y brillante, por sobre los puntos principales que
alcanzábamos a dominar.
¿Conque éste es —dijo— el pueblo de Rómulo y de Numa,
de los Gracos y los Horacios, de Augusto y de Nerón, de César y
de Bruto, de Tiberio y de Trajano?. Aquí todas las grandezas han
tenido su tipo y todas las miserias su cuna. Octavio se disfraza
con el manto de la piedad pública para ocultar la suspicacia de su
carácter y sus arrebatos sanguinarios; Bruto clava el puñal en el
corazón de su protector para reemplazar la tiranía de César por la
suya propia; Antonio renuncia los derechos de su gloria para
embarcarse en las galeras de una meretriz, sin proyectos de reforma;
Sila degüella a sus compatriotas, y Tiberio, sombrío como la
noche y depravado como el crimen, divide su tiempo entre la
concupiscencia y la matanza. Por un Cincinato hubo cien
Caracallas. Por un Trajano cien Calígulas y por un Vespasiano cien
Claudios. Este pueblo ha dado para todo: severidad para los viejos
tiempos; austeridad para la República; depravación para los
Emperadores; catacumbas para los cristianos; valor para conquistar
el mundo entero; ambición para convertir todos los Estados
de la tierra en arrabales tributarios; mujeres para hacer pasar las
ruedas sacrílegas de su carruaje sobre el tronco destrozado de sus
padres; oradores para conmover, como Cicerón; poetas para seducir
con su canto, como Virgilio; satíricos, como Juvenal y
Lucrecio; filósofos débiles, como Séneca, y ciudadanos enteros,
como Catón. Este pueblo ha dado para todo, menos para la causa
de la humanidad: Mesalinas corrompidas, Agripinas sin entrañas,
grandes historiadores, naturalistas insignes, guerreros ilustres,
procónsules rapaces, sibaritas desenfrenados, aquilatadas virtudes
y crímenes groseros; pero para la emancipación del espíritu,
para la exteripación de las preocupaciones, para el enaltecimiento
del hombre y para la perfectibilidad definitiva de su razón, bien
poco, por no decir nada. La civilización que ha soplado del Oriente,
ha mostrado aquí todas sus faces, ha hecho ver todos sus elementos;
mas en cuantoa resolver el gran problema del hombre en libertad,
parece que el asunto ha sido desconocido y que el despejo
de esa misteriosa incógnita no ha de verificarse sino en el Nuevo
Mundo.
Y luego, volviénsose hacia mí, húmedos los ojos, palpitante el
pecho, enrojecido el rostro, con una animación febril, me dijo:
¡Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por
ellos; juro por mi honor y juro por la Patria, que no daré descanso a
mi brazo ni reposo a mi alma, hasta que no haya roto las cadenas que
nos oprimen por voluntad del poder español!. (1)
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(1) Texto Original tomado de: Simón Rodríguez, Obras Completas, Caracas, Ediciones
del Congreso de la República, 1988, t. II, pp. 375 – 378.
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Fuente: © Despacho del Presidente
Simón Bolívar, Ideario Político
Ediciones de la Presidencia de la República
Caracas - Venezuela, 2004
Depósito Legal: lf53320043203141
ISBN: 980-03-0342-1
Impresión: Italgráfica S.A.

Cartas de amor de Manuela y Simón


Cartas de amor de Manuela y Simón

Cuartel General en Guaranda a 3 de julio de 1822
A la distinguida dama, Sra. Manuela Sáenz
Apreciada Manuelita:
Quiero contestarte, bellísima Manuela, a tus requerimientos de amor que son muy justos. Pero he de ser sincero para quien, como tú, todo me lo ha dado. Antes no hubo ilusión, no porque no te amara Manuela y es tiempo de que sepas que antes amé a otra con singular pasión de juventud, que por respeto nunca nombro.
No esquivo tus llamados, que me son caros a mis deseos y a mi pasión. Sólo reflexiono y te doy un tiempo a ti, pues tus palabras me obligan a regresar a ti; porque sé que esta es mi época de amarte y de amarnos mutuamente.
Sólo quiero tiempo para acostumbrarme, pues la vida militar no es fácil ni fácil retirarse. Me he burlado de la muerte muchas veces, y esta me acecha delirante a cada paso.
Qué debo brindarte: ¿un encuentro vivo acaso? Permíteme estar seguro de mí, de ti y verás querida amiga quién es Bolívar al que tú admiras. No podría mentirte.
¡Nunca miento! Que es loca mi pasión por ti, lo sabes.
Dame tiempo. Simón Bolívar
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El Garzal, a 27 de julio de 1822
A Su Excelencia General Simón Bolívar
Muy señor mío:
Aquí hay de vivaz todo un hechizo de la hermosa naturaleza. Todo invita a cantar, a retozar; en fin, a vivir aquí. Este ambiente, con su aire cálido y delicioso, trae la emoción vibrante del olor del guarapo que llega fresco del trapiche, y me hace experimentar mil sensaciones almibaradas. Yo me digo: este suelo merece recibir las pisadas de S.E. El bosque y la alameda de entrada al Garzal, mojados por el rocío nocturno, acompañarían su llegada de usted, evocando la nostalgia de su amada Caracas. Los prados, la huerta y el jardín que está por todas partes, serviránle de inspiración fulgurante a su amor de usted, por estar S.E. dedicado casi exclusivamente a la guerra.
Las laderas y campos brotando flores y gramíneas silvestres, que son un regalo a la vista y encantamiento del alma. La casa grande invita al reposo, la meditación y la lectura, por lo estático de su estancia. El comedor, que se inunda de luz a través de los ventanales, acoge a todos con alegría; y los dormitorios reverentes al descanso, como que ruegan por saturarse de amor…
Los bajíos a las riberas del Garzal hacen un coloquio para desnudar los cuerpos y mojarlos sumergidos en un baño venusiano; acompañado del susurro de los guaduales próximos y del canto de pericos y loros espantados por su propio nerviosismo. Le digo yo, que ansío de la presencia de usted aquí. Toda esta pintura es de mi invención; así que ruego a usted que perdone mis desvaríos por mi ansiedad de usted y de verlo presente, disfrutando de todo esto que es tan hermoso.
Suya de corazón y de alma,
Manuela Sáenz
Fuente: © Ministerio del Poder Popular del Despacho de la Presidencia
Las más hermosas cartas de Amor entre Manuela y Simón
Ediciones de la Presidencia de la República
Caracas - Venezuela, 2010
Depósito Legal: lf000000000000
ISBN: 0000000000000