Discursos y proclamas Proyecto de manifiesto

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Proyecto de manifiesto
Cuando la heroica aunque desgraciada Venezuela tenia fijadas sus más fundadas esperanzas en el Ejército Libertador y que el gobierno general de la Nueva Granada me había confiado para restituirle la libertad, separado del ejército y del país en el cual debíamos triunfar y morir, tengo que dirigiros mi voz, ¡oh compatriotas! para deciros qué causas me han desviado de mi carrera y ha prolongado nuestros tormentos, ya esclavos, ya errantes. Prestadme atención, y decidid si he solicitado armas con qué combatir y si he combatido por salvaros.
Al desaparecer nuestra República con la destruida e inmortal Caracas, por consecuencia de la jornada de la Puerta, os ofrecí de nuevo mis servicios y volver a la Nueva Granada cuna de nuestros primeros libertadores. No falté a mi promesa y la Nueva. Granada fue segunda vez mi asilo, y segunda vez hallé en el Soberano Congreso tanta amistad y protección, cuanta estaba en sus facultades concederme.
Las reliquias del ejército venezolano bajo las órdenes del bravo general Urdaneta vinieron a la provincia de Pamplona, a recibir auxilios que esperaban de sus hermanos granadinos. No los recibieron, pero sí los prestaron al gobierno general que les ordenó marchar a Cundinamarca a reducir al orcen constitucional a aquella provincia, que disidente rehusaba entrar en confederación. Santa Fe en su recinto vió a sus vencedores, hermanos y amigos después el gobierno general de la Nueva Granada en la antigua capital de aquellas Provincias.
Los pueblos, el Gobierno y hasta nuestros vencidos recibieron a los soldados venezolanos con admiración y ternura; todos contemplaban en aquellos preciosos restos de nuestro patrio suelo, unos héroes que al través de cien combates habían preservado su honor, su vida y su libertad para volver a salvar el honor, la vida y la libertad de sus conciudadanos que hubiesen escapado de la hoz y la peregrinación. Estos restos formaron un cuerpo respetable con los generosos auxilios que nos dió Cundinamarca: sus hijos vinieron a nuestras filas: sus tesoros llenaron nuestra caja militar, y ricos uniformes vistieron nuestros soldados.
El gobierno no sólo me prometió y prestó socorros de todos géneros, sino que me nombró Capitán General de sus ejércitos y me envió a Cartagena a tomar el mando de las tropas de aquella Provincia, y a armar, municionar y equipar de cuanto era necesario al ejército destinado a libertar a Santa Marta y Venezuela. Jamás un Gobierno se ha interesado tanto en la suerte de un pueblo afligido, como lo hizo el de la Nueva Granada por Venezuela. Ciertamente nuestra gratitud será eterna, como eterno el dolor que imprime en nuestros corazones la pintura de los sucesos que han impedido que los planes sublimes del Gobierno no se hayan ejecutado. El ejército vino a Mompox, libertando de paso a la ciudad de Ocaña Mompox nos acogió con entusiasmo y aun delirio: nos reemplazó lo que su clima nos destruyó, y hasta aquí nuestras pérdidas eran imperceptibles, y todo nos anunciaba gloria y prosperidad.
Mientras tanto existía en Cartagena una odiosa guerra civil cuy« descripción parecerá siempre exagerada, que envolviendo en crueles partidos a todos los habitantes de aquella Provincia, habían ya llegado a las manos y se había decidido la contienda en favor del comandante general de las arreas brigadier Manuel Castillo, que después de haberse acercado a la ciudad con sus tropas, logró por fraude ocupar la plaza. Desgraciadamente el general Castillo conservaba una antigua enemistad contra mi, y excitado por sus propias pasiones y por las de otros tomó la ciega y fatal resolución de denegarse a cumplir las órdenes del Gobierno, y adoptó en consecuencia cuantas medidas hostiles debían emplearse contra el enemigo común con el objeto de repulsar al ejército de la Unión, cuya destrucción se propuso desde luego.
Yo había previsto los desastrosos efectos que debía producir una contienda tan escandalosa y tan inmerecida. Me resolví a someterme a todo género de sacrificios por evitar la destrucción de un ejército tan poco acreedor a esta infausta suerte, y para no participar de la culpa y no ser tenido como la causa inmediata de una guerra intestina.
Apenas llegué, a Mompox que dirigí un edecán con pliegos para el Gobernador y General de Cartagena. participándoles mi llegada a aquella ciudad y el objeto de mi comisión, aunque ya anteriormente el mismo gobierno general y yo habíamos dado los avisos necesarios para el reconocimiento y el apresto de los elementos indispensables para la expedición que se ríe había encargado. Por otra parte yo dirigí cartas confidenciales al ex-Gobernador Gual y a otros sujetos respetables, ofreciendo una cordial reconciliación por mi parte con el general Castillo, no obstante que éste acababa de publicar un libelo contra mi persona en que derramando las injurias a torrentes intentaba denigrar mi reputación, mi honor y mi moral. Pero ni este desprendimiento ni otros muchos actos de una naturaleza verdaderamente pacíficos lograron calmar el encono o la ambición de mi adversario.
Al principio me escribió oficialmente reconociéndome como General en Jefe. del Ejército que el Gobierno General me había confiado y estaba antes a sus órdenes. Este paso, que parecía de buena fé, sólo tuvo por objeto aparentar un deseo sincero de obediencia al Gobierno en tanto que se ejecutaban medidas para hostilizar, difamar y sublevar a los pueblos contra mi ejército. El Gobernador de Cartagena de acuerdo con el General o por mejor decir, influido por él, seguía la misma línea de conducta. En la apariencia perfectamente amigo: en la realidad fuertemente contrario: se empleaba la tortuosidad diplomática revestida de un le guaje que mis enemigos conceptuaban profundamente político, sin ser más que un enlace de sofismas harto pueriles para no ser penetrados.
Tres misiones sucesivas envié yo a Cartagena desde Mompox con mi Edecán Kent: la segunda con el señor. Fierro y la. tercera con mi secretario Revenga. De Cartagena me enviaron otros tres comisionados. El primero el teniente coronel Tomás Montilla: el segundo el secretario García de Sena y el tercero el edecán Dávila. Estas negociaciones por parte mía tenían por objeto allanar todos los obstáculos; así los resultados fueron evasivos. Las de mis contrarios lejos de procurar disminuir los inconvenientes venían no sólo a aumentarlos, sino a complicarlos para que fuesen eternos. En una palabra mi empeño era inspirar confianza y amistad para obtener el cumplimiento de las órdenes del Gobierno y equipar el ejército, por el contrario los de Cartagena se excedían en esfuerzos para que estas miras se frustrasen enteramente y quedase yo sin ejército, la Nueva Granada sin fuerzas, el enemigo impune y Cartagena en independencia del Gobierno general.
Apenas supe en Honda que el general Castillo dirigía sus armas contra la ciudad de Cartagena, cuando supliqué al Gobierno General que enviase dos comisionados para transigir las disensiones que se habían suscitado. Además me atreví a indicar los que debían ser nombrados: Escogí a los ciudadanos Joseph María del Castillo y Joseph Fernández Madrid el primero hermano, y el segundo primo hermano de aquél general. Esta elección prueba victoriosamente la sinceridad de mi demanda y los deseos cordiales de un acomodo agradable, útil y honroso para Castillo. Este había sido llamado por el Gobierno: había mezclado las armas de su mando en elecciones populares: había sitiado la capital y abandonado la línea de su defensa. En fin había cometido actos de una arbitrariedad militar que no podían menos de ser reprobados y castigados por la suprema autoridad, sin embargo yo pido dos árbitros que debían serle altamente parciales. Al mismo tiempo desde Honda, yo supliqué al Gobierno nombrase otro General que no estuviese, como yo, comprometido por pasiones personales con el jefe del partido opuesto.
Luego que recibí respuesta de estas demandas y que vi que el nombramiento de Comisionado había recaído en la persona del señor Canónigo Marimón, y que no se accedía a mi solicitud en cuanto a mi separación del ejército, volví a instar de nuevo para que se admitiese mi dimisión, y supliqué además al Gobierno a que viniese el mismo Poder Ejecutivo a hacer respetar su autoridad, a cortar las discordias civiles y a observar y dirigir mis operaciones de cerca. Segunda prueba evidente de la rectitud de mis intenciones, y de la pureza de mi amor por la causa común. La contestación fue negativa y ya no tuve más esperanza de ver realizar una transacción que tan imperiosamente reclamaba el bien general de la Nueva Granada.
El comisionado Marimón llega por fin a Mompox: me lisonjea, me persuade que todo seria terminado satisfactoriamente. Se informa a fondo de mis proyectos, de las necesidades del Ejército, de las pérdidas que había sufrido por la demora en aquel mortífero clima, del peligro que corren todas las tropas de morir o desertarse si permanecen allí más tiempo, y parte para Cartagena revestido de amplias facultades y autorizado para ordenar lo justo y conveniente. El resultado de la misión del señor Marimón, fue cual debía ser según su carácter personal y la obstinación de los oponentes de Cartagena.
Mi último comisionado Revenga volvió el día trayendo por respuesta la aceptación de una entrevista entre el General Castillo y yo en el lugar de Sambrano, distancia media para los dos ejércitos. Inmediatamente yo cumplí yendo a su debido tiempo y lugar, y el general Castillo faltó a pretexto de que la presencia del comisionado Marimón hacia nulo todo lo que pudiésemos acordar entre ambos. Yo había hecho ya la mitad del camino: se me había ultrajado de nuevo burlándome. El contagio de deserciones, enfermedades, y de muertes era prodigioso: los gastos del ejército se aumentaban con el aumento de hospitales: las tropas se disminuían rápidamente: la desconfianza y el ultraje que se nos hacía, había ofendido a los jefes y oficiales, el descontento era universal. Nuestros enemigos domésticos se habían quitado la máscara: nos difamaban, nos hostilizaban abiertamente y con un encono mortal. Las órdenes del Gobierno, aunque repetidas y terminantes eran despreciadas e inútiles. El comisionado Marimón primero desatendido y después fascinado y oprimido. El ejército iba a carecer de hombres y de fondos que ya se habían consumido por la mayor parte: no teníamos ni armas ni municiones: no podíamos retroceder hacia Santa Fe por falta de trasportes y más que,. todo de bogas que absolutamente no los había. Era imposible en este estado emprender nada contra Santa Marta: el proyecto de nuestra destrucción era evidentemente probado y permaneciendo en Mompox nuestra ruina era inevitable. El Gobierno no podía pretender que fuésemos víctimas pacientes de una cábala de facciosos. El honor no me permitía sufrirlo, el deber, pues, nos llevó al bajo Magdalena.
Al llegar a Barrancas envié una cuarta diputación a Cartagena para que explicase al Comisionado, al Gobernador y al General mi disposición pacifica: los males que sufría el ejército, y cuantas circunstancias hacían indispensable una cordial y pronta transacción. La respuesta fue igual a las anteriores: todas negativas, todas insultantes.
Marchamos al lugar de Turbaco cuatro leguas distantes de Cartagena con el único objeto de pedir las armas y municiones en cumplimiento de las órdenes del Gobierno. A sólo pedir fuimos a Turbaco porque aproximándonos era fácil entendernos, acortando la distancia ahorrábamos el tiempo que debía emplearse en las comunicaciones escritas, y las verbales no encontraban ya obstáculos. Una quinta misión fue a Cartagena. El teniente coronel Tomás Montilla hermano del comandante de la plaza, se encargó de ella. Su recepción correspondió al carácter de mis contrarios. No se respetó en el comisionado el derecho de gentes: se le hizo fuego: se le insultó hasta tirarle de estacadas, y tratarlo como un proscripto entregado al furor de un populacho desenfrenado. Su comisión era sin embargo de paz, reclamar la obediencia al Gobierno y si no ofrecer yo separarme del ejército y abandonar el país era en substancia el objeto de mi última misión; pero ni mi generoso desprendimiento ni la naturaleza de mis justos reclamos obtuvieron suceso alguno. Jurar exterminarnos, tratarnos de bandidos, no responder el Gobernador, ofender cruelmente al parlamentario y denegarse absolutamente a toda comunicación conmigo, fue el resultado de mi última misión.
En esta desesperada situación ¿qué debía hacer? Yo tomé consejo de mi ejército. Instruí a los jefes de nuestro estado: examinaron los documentos que calificaban nuestra . justicia, nuestro sufrimiento y nuestras necesidades. Ellos reprobaron, pues, la injusticia, la hostilidad y las negativas de Cartagena. Por una Junta de Guerra fue unánimemente decretado el sitio de Cartagena, y el 27 de marzo tomamos posesión de la Popa bajo los fuegos de la artillería del Castillo y encontrando las aguas envenenadas contra el derecho de gentes.
Después de sufrir tranquilamente todos los fuegos de la plaza sin contestarlos nosotros, el 30 del mismo marzo hice una nueva apertura de negociación la cual fue desechada por el señor Comisionado, dando siempre las mismas evasivas contestaciones que anteriormente. Mi réplica fue repetir mi demanda de una entrevista. Esta no se admitió v. se .me ordenó que me retirase a la línea del Magdalena. Luego se siguieron algunos oficios de una parte y otra explicando los motivos que teníamos, yo para solicitar un acomodo, ellos para- eludirlo. Los peligros de la provincia se aumentaban por los ataques que el enemigo común intentaba sobre los puntos que yo había reforzado con algunos destacamentos; en consecuencia, el 8 de abril dije al gobernador de Cartagena y al comisionado que el enemigo obtenía sucesos parciales y que al fin se apoderaría de toda la Provincia. Los convidaba a unir sus fuerzas con las mías para defender el país, porque, de no, sería asolado, las poblaciones saqueadas e incendiadas, sin que mi ejército pereciese sin embargo, porque había tomado medidas previas. No tuve respuesta. Al otro día 9 hice una nueva protesta al comisionado de hacer todos los sacrificios por la concordia prefiriendo desistir de una contienda tan escandalosa a triunfar en ella. Ofrecí además ceder en todo a condición de que nos entendiésemos, fuésemos amigos y nos uniésemos. ¡Quién ha de creerlo! ¡Quién se persuadirá que un desprendimiento semejante se recibiese con frialdad, se evitase una respuesta categórica y el 12 se publicase una proclama la más vilipendiosa de cuantas se han escrito contra bandidos! Todavía se aumentará más la admiración cuando se sepa, que la causa inmediata de esta proclama fue el haber propuesto yo el día 11: 1º. que cesasen las hostilidades. 2° que olvidásemos lo pasado y 3° que fuésemos amigos, añadiendo que esta generosidad no era un efecto forzoso de las circunstancias, sino un sentimiento espontáneo en favor del Estado de Cartagena que debía ser reducido a Soledad, si la anarquía y la guerra continuaban en él. En mi oficio expresaba que ya no exigía nada para mi expedición, y que haría más aun, cuando estuviésemos de acuerdo, dando a entender que me retiraría del país renunciando hasta la empresa contra Santa Marta. La contestación parecería supuesta si no la hubiese publicado Cartagena. Que me retirase con las tropas a Ocaña: que siguiese sin desviarme ni a la derecha ni a la izquierda: que no permaneciese en Mompox ocho días: se me indica el itinerario que debía seguir, se me prescriben los fusiles y las municiones que debía llevar: que separase las tropas venezolanas de las granadinas para que me llevase las primeras y dejase las segundas a las órdenes del teniente coronel Vélez, a quien se ordenaba me hiciese obedecer las órdenes del Comisionado.
Esta respuesta no se me dió hasta el 16. Con la misma fecha se me dice que se mandaban cesar los fuegos. Sin embargo, bajo las banderas blancas de ambos ejércitos los morteros y los cañones no discontinuaban de tirar. ¡Tan horrible violación no se había visto jamás en ningún país del mundo!
Yo volví a convidar para una entrevista el 18 y en ese mismo día, se me señaló el pie del castillo enemigo para que concurriese a él a tratar con el señor Comisionado. Yo indíqué un punto más central y observé además que contra el derecho de gentes se me dirigían los fuegos enemigos: que amaba, pero que no necesitaba la paz: que si el armisticio no se guardaba religiosamente no bajaría a la entrevista. Más repetidos fueron entonces los fuegos y el 22 me escribe el señor Marimón con informe de Castillo, que no había armisticio: que era yo un ignorante en entender por armisticio una suspensión de hostilidades.
Entonces se supo en Cartagena y se me comunicó de oficio la llegada de la expedición del general Morillo a Venezuela, y en consecuencia de esta importante ocurrencia, se me dijo expresamente por Marimón que era indispensable mi separación de la provincia para atender a la defensa de la causa. Yo lejos de desalentarme, ofrecí de nuevo ir a Santa Marta con sólo el ejército de mi mando. El 25 se convidó para una sesión entre mi secretario y el señor Comisionado, la que tuvo por resultado otra conmigo aquella tarde, en la que yo con la mayor franqueza mostré mi único conato de restablecer la armonía a cualesquier precio, excepto hacer retrogradar el ejército a Ocaña por ser imposible a causa de que carecíamos de buques y de bogas para ello. El Comisionado manifestó la candidez de su carácter y buenos sentimientos, y su ninguna autoridad en Cartagena. Ofreció hacer todos los esfuerzos posibles por una cordial reconciliación entre los jefes de la plaza y yo.
Al otro día 26 el general Castillo, el Comandante de la plaza Mariano Montilla, los sacerdotes, los paisanos, los soldados x cuantos hombres eran hábiles para las armas en Cartagena hicieron una salida con el objeto de atacar mis posiciones, o de sitiarnos por lo menos, porque sabían que no teníamos doscientos hombres, y poco más de cien fusiles por estar el resto de nuestras tropas en diferentes expediciones. Como esta acción es el oprobio de las armas americanas no la describo. Me limitaré a decir que es el primer ensayo del general Castillo, y que su resultado correspondió a los talentos y cualidades militares de aquel jefe.
A esta bella correspondencia de mi anhelo por la paz sucedió un profundo silencio y hasta su Artillería lo conservó sin duda avergonzada de la inmortal salida del 26. Por fin el 28 se me participa la ocupación de Barranquilla por el enemigo, común: se me invita para una entrevista con el señor Marimón la cual se efectuó interviniendo en ella el ex-gobernador Gual; quien presentó un proyecto de atacar yo a Santa Marta por mar y el ejército de Cartagena por tierra, el que se discutió y acordó con la previa aprobación del gobierno de Cartagena. Al otro día vino el comandante de la plaza Montilla a tratar conmigo sobre todos los puntos relativos a la ejecución del proyecto.
Mi secretario tuvo diferentes conferencias con el comisionado y el general Castillo, y por fin el mismo Castillo vino a reconciliarse conmigo y a esta reconciliación siguió un convenio de paz y amistad que pareció al principio sincera, sin serlo, como lo probó poco después la experiencia.
Mil pequeños incidentes indicaban distintamente que no había buena fe de parte de Cartagena, sin embargo esperábamos que el inminente peligro, la razón, la justicia y el interés aconsejarían la unión; pero no fue así, un vano temor por una parte, una inmerecida rivalidad por otra, una inconsulta ambición y todas las pasiones excitadas hasta el extremo hicieron que el general Castillo me notificase en términos expresos, que yo y mi ejército debíamos marchar, (proyecto imposible en aquellas circunstancias) por el Valle Dupar a atacar a Santa Marta. Que la expedición marítima no se me permitiría ejecutar, porque se temía que yo me apoderase de la plaza: que en caso de retirada no tendría a donde volver, porque (éstas son sus expresiones) yo sería siempre hostilizado y jamás se me auxiliaría con nada. Así terminó la última sesión tenida al pie de la Popa relativa al plan de operaciones que debíamos adoptar. Yo me determiné, pues, a hacer el último sacrificio por salvar el país de la anarquía y al ejército de todas las privaciones que padecía por el efecto de las pasiones que se habían excitado en Cartagena contra mí. Este sacrificio era el de separarme de mis compañeros de armas y de la Nueva Granada. Para ejecutarlo convoqué una Junta de guerra: le expuse el cuadro fiel de nuestra situación, y la convencí de la necesidad en que estaba yo de sacrificar a la salud del ejército y de la República mi gloria, mis esperanzas, y el honor de volver segunda vez a libertar a mi patria. La Junta consternada accedió poniendo por condición que a ella y al resto de los oficiales del ejército les sería también permitido resignar sus empleos y ausentarse del país. Con este objeto se celebró una acta y se dirigió al señor Comisionado del gobierno general, quien me dió a mí, a todos los jefes riel ejército y a una gran parte de los oficiales, permiso para retirarnos. El general Palacios, por instancia mía quedó encargado del mando en mi ausencia: sacrificio que hizo entonces por complacencia pero muy a su pesar.
Salgo por fin de Cartagena el 9 de mayo y al despedirme de mis soldados les dije: El gobierno general de la Nueva Granada me puso a vuestra cabeza para despedazar las cadenas de nuestros hermanos esclavos en las provincias de Santa Marta, Maracaibo, Coro y Caracas.
Venezolanos, vosotros debíais volver a vuestro país: Granadinos: vosotros debíais volver al vuestro coronados de laureles. Pero aquella dicha y este honor se trocaron en infortunio. Ningún tirano ha sido destruido por vuestras armas: ellas se han manchado con la sangre de nuestros hermanos en dos contiendas diversas en los objetos aunque iguales en el pesar que nos han causado. En Cundinamarca combatimos por unirnos, aquí por auxiliarnos. En ambas partes la gloria nos ha concedido sus favores: en ambas hemos sido generosos. Allí perdonamos a los vencidos y los igualamos a nosotros: acá nos ligamos con los contrarios para marchar juntos a libertarles sus hogares. La fortuna de la campaña estaba aún incierta: vosotros váis a terminarla en los campos enemigos disputándoos el triunfo contra los tiranos. ¡Dichosos vosotros que váis a emplear el resto de vuestros días por la libertad de la Patria! ¡Infeliz de mí que no puedo acompañaros, y voy a morir lejos de Venezuela en climas remotos por que quedéis en paz con vuestros compatriotas.
Granadinos y Venezolanos: de vosotros que habéis sido mis compañeros en tantas vicisitudes y combates, de vosotros me aparto para ir a vivir en la inacción, y a no morir por la patria. Juzgad de mi dolor, y decidid si hago un sacrificio de mi corazón, de mi fortuna, y de mi gloria renunciando el honor de guiaros a la victoria. La salvación del ejército me ha impuesto esta ley: no he vacilado: vuestras existencia y la mía eran aquí incompatibles: preferí la vuestra. Vuestra salud es la mía, la de mis hermanos, la de mis amigos, la de todos en fin porque de vosotros depende la República. Adiós, adiós.
Estos son los sucesos, esta la verdad, compatriotas míos, que justifico con los documentos que aquí veréis. Ellos os darán pruebas irrefragables de la justicia de mis procedimientos, de la pureza de mis intenciones y del constante proyecto de servir a la Nueva Granada, y de libertar a Venezuela. Vosotros seréis bastante imparciales para no condenarme y si lo hiciereis confesaré que no está de mi parte la razón cuando vuestro juicio me es contrario; pero yo estoy tranquilo en mi conciencia: conceptúo que he llenado mi deber: que he procurado el bien: que he huido de la guerra civil: que he sacrificado todo por la paz: que sólo me he defendido: y que si he solicitado armas eran contra los tiranos y no para oprimir la República. Mis enemigos han sido injustos y yo desgraciado.

De este borrador el general Bolívar hizo la carta oficial publicada en el tomo I, página 165 de las Cartas del Libertador, editadas por Vicente Lecuna.

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