Magdalena, 7 de mayo de 1826. A s. E. el general F. de P. Santander.

Cartas

Magdalena, 7 de mayo de 1826.
A s. E. el general F. de P. Santander.
Mi querido general:
Grandes cosas tengo que decir a Vd. en esta carta sin saber siquiera nada de Vd. en dos correos sucesivos: el anterior en que no recibí carta de Vd. y el de ahora que no ha llegado aún. Así es que voy a hablar al acaso sobre materias muy importantes.
Ante todo diré a Vd. que este congreso no ha podido reunir los miembros necesarios para instalarse, y viendo los diputados, después de tres meses que han estado aquí que no se podía reunir el congreso, han hecho la representación, que incluyo, en la " Gaceta del Gobierno ": di yo el informe que Vd. verá, y el consejo de gobierno el decreto que va al pie. Por consiguiente, este congreso se ha eliminado por sí mismo por algún tiempo. Esto ha venido a suceder en circunstancias que requerían una autoridad sola sin un cuerpo legislativo, que embarazase la marcha de las cosas: el buen genio de la América así lo ha querido.
El señor Pando, que acaba de venir del Istmo, ha traído noticias muy importantes de Gual y Briceño. El conjunto de las cosas que he sabido por este canal es de sumo interés.
Primero, se asegura que Morales con 14.000 hombres está pronto a expedicionar sobre la Costa Firme; segundo, que otros 14.000 hombres españoles deben venir a reemplazar los primeros con dos navíos más; tercero, que hay una escuadra muy fuerte, que la nuestra no puede resistir; cuarto, que Méjico hace su paz aparte por una suma de millones; quinto, que la Santa Alianza es el alma de estas operaciones, y la Francia paga los gastos para obligarnos, por una amenaza formidable, a adoptar sus condiciones y principios; sexto, que la Inglaterra no se opone a nada de esto, y que, por el contrario, desea que hagamos reformas en nuestras leyes fundamentales, único medio de conciliar a la Europa con la América; séptimo, que el congreso de Colombia ha llamado al general Páez, en estas circunstancias, para juzgarlo y que este general no obedecerá probablemente; porque lo acusan de ser el autor de un proyecto para establecer la monarquía en Colombia, y que, en cualquiera de los dos casos, de obedecer o de no obedecer el general Páez, los españoles se vendrán a aprovechar de la confusión que establezca esta discordia de republicanos con monarquistas; últimamente, se me asegura que todo está perdido si yo no me presento en Colombia inmediatamente, porque las cosas han venido a tal extremo, que ya no se puede evitar una guerra externa o interna.
Figúrese Vd. por un momento el efecto que me habrán producido tan complicados embarazos. Por una parte, la Santa Alianza y el ejército queriendo un imperio. Por otra, mi gloria, las leyes y el congreso exigiendo justamente la conservación de la república. Si lo primero se adopta, tendremos paz externa con protección de la Europa y guerra interna con los demócratas; si lo segundo, tendremos guerra externa y anarquía interna, porque habiendo tomado el ejército un partido y el pueblo otro, nadie nos puede auxiliar, sino una nueva conquista y un gobierno de sangre y fuego para exterminar los partidos.
Si yo me voy a Colombia puedo evitar una gran parte de los males que nos amenazan; pero dudo que los evite todos. Por una parte, el mal que haya sucedido no tiene remedio, y el que nos puedan hacer los españoles no depende de mí. También se va a aumentar el calor de los partidos con mi presencia: todos dirán que voy a sostenerlos y todos se esforzarán a hacer preponderar el suyo para que yo lo encuentre preponderante y le dé la preferencia. Añádase a esto que es del Sur de donde yo puedo sacar un ejército capaz de poner el orden por fuerza o por respeto. Desde luego que yo parta de aquí, todos los partidos, que ahora están a mis pies, levantarán la cabeza y se harán la guerra mutuamente, y entonces se agotará la fuente de mis recursos. Apenas nuestro ejército podrá marchar con mucha dificultad y muy disminuido. El general Sucre, que podría reemplazarme, está muy disgustado del mando, y mientras tanto no atenderá más que a Bolivia y a la división de Córdoba. El general Santa Cruz, que va a ser presidente del consejo de gobierno del Perú, necesita de auxilio en lugar de darlo, porque todavía tiene enemigos y pocos son sus afectos: además de que su autoridad empezará vacilando y chocando con el amor propio de muchos. El Perú es una renta viajera sobre mi cabeza hasta después que se haya conseguido una autoridad creada bajo de mi influjo y acreditada por sus servicios.
El Paraguay se ha ligado al Brasil, y Bolivia tiene que temer de esta nueva liga. El Río de la Plata tiene que temer al Emperador, y a la anarquía que se ha aumentado con la variación de gobierno de Buenos Aires. Chile tiene el corazón conmigo, y su gobierno está aliado a Rivadavia. Córdoba me convida para que sea el protector de la federación entre Buenos Aires, Chile y Bolivia. Este proyecto es del general Alvear que quiere cumplirlo a todo trance. El general O'Higgins, con sus amigos, también lo quiere, y los pelucones de Chile, que son ricos y numerosos. ¿Qué haré yo en este estado? Mucho he pensado y nada he resuelto. Unos me aconsejan la reunión de un imperio del Potosí a las bocas del Orinoco, otros una federación de las tres repúblicas hermanas; pero una federación positiva y tal que así supla a la general de América, que dicen ser nominal y aérea. Yo estoy por el último partido: las dos repúblicas del Sur lo adoptarían con facilidad por tenerme a mí de protector de la federación. El señor Pando es de opinión del imperio y los miembros del consejo de gobierno igualmente, porque dicen que ellos quieren la paz con Europa a todo trance, y no pueden vivir sin el orden que yo les dé, mas están conformes con la nueva federación. El que quiere lo más quiere lo menos. ¿Pero qué haremos con Venezuela y Cartagena? Cada una de estas partes tiene ideas diferentes y medios diferentes. Páez puede entrar por lo que yo quiera; ¿qué dirá Montilla y qué dirá el Almirante? Ambos parecen muy adictos a mí: el primero no puede nada; el segundo lo puede todo.
Luego que yo reciba el correo de Vd. y que haya tratado nuevamente con el consejo de gobierno mandaré a Vd. a O'Leary con mis nuevas observaciones y determinaciones.
Soy de Vd. de todo corazón.
BOLÍVAR.

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